Hace cuatro meses publiqué en EL MUNDO de CASTILLA Y LEÓN un reportaje sobre un nosécómollamarlo que estaba sucediendo en el pueblo de Peque, provincia de Zamora. No lo incluí aquí porque por razones de espacio me lo mutilaron con poca gracia y su original me pareció muy largo para un blog. Pero como el tema sigue y le he dedicado mi columna de hoy, lo incluyo a continuación de esta por si alguien tiene tiempo, ganas y paciencia para hacer una incursión a territorio sanabrés. Prometo mucho asombro, un viaje al corazón de lo absurdo y antropología por un tubo.
Salud Pública
EL MUNDO DIARIO DE VALLADOLID Hoy Lunes 21 de abril de 2008
Luisa Cuerda
Esto es un anuncio por palabras, aprovechando parte del espacio de mi columna quincenal. Va dirigido a la alcalde de Peque, al director del Servicio de Agricultura y al delegado territorial en Zamora, al Consejero de Sanidad, a la Consejera de Agricultura y Ganadería, a la de Medioambiente, al Presidente de la Junta de Castilla y León y, subsidiariamente, al Altísimo: “Me encantaría saber por qué hace ocho meses que en Peque no se recogen las ovejas muertas de la explotación de Rafael Lobato. Solicito una explicación clara y coherente que excluya razones como que el ganadero es muy malo, que los del pueblo no quieren que el camión de la recogida pase por sus tierras y que ya podría él colaborar un poco en vez de exigir que se cumpla la ley. Gratificaré con lágrimas de júbilo a quien me consiga convencer de que la desidia, la incapacidad y el encono de toda una estructura social, desde la cerrilidad de un Consistorio caciquil hasta la inhibición irresponsable de la Junta que nos gobierna, tienen un motivo que no dimane del fascinante esoterismo sanabrés.”
La recogida de animales muertos comenzó a hacerse efectiva el año 2001, como consecuencia de la aparición de los primeros casos de "vacas locas" en España, es decir, por una cuestión de salud pública. Sin embargo, los cadáveres de las ovejas de Rafael Lobato se agolpan a la puerta de su nave sin otras razones reconocidas que las arriba expuestas; en diciembre, varios reportajes aparecidos en diversos diarios provocaron la retirada, por una sola vez, de los cadáveres que no estaban podridos (nuestros políticos actúan inducidos por golpes de periódico, que es como yo enseñé a mi perro a controlar sus esfínteres). Cuatro meses más tarde, las ovejas continúan amontonándose. Un hermano del ganadero está enfermo desde enero con un “virus” desconocido…
A veces, cuando todo me parece insoportablemente absurdo, quisiera formar parte de ese rebaño que da por buena cualquier explicación que defeque ante un micrófono un tipo con todo el aspecto de ganarse la vida tomando el pelo al electorado. Creo que si para ello tuviera que comer carne de vacas locas, lo haría con la tranquilidad de que mi muerte sería siempre un “caso aislado” y no supondría “motivo de alarma para la salud pública”. Lo único que me detiene es que, dadas las imprevisibles leyes que rigen la recogida de cadáveres de ovinos, tal vez no mereciera ser transportada en el camión de TRAGSA. Y una también abriga sus sueños de grandeza…
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“MÁS MULAS QUE COCHES”
EL MUNDO DIARIO DE VALLADOLID, 19 de diciembre de 2007
Luisa Cuerda
“Un cargo público está para solucionar problemas, no para crearlos”. Una sensata opinión acerca del problema de Peque, un pueblo del que el corresponsal de New York Times dijo que tenía “más mulas que coches” y en el que ahora se agolpan, a la puerta de una nave ganadera, cincuenta y cuatro ovejas muertas e insepultas como símbolo de un largo desentendimiento entre vecinos y como alarmante síntoma de la ineficacia de la Administración.
“Algo huele a podrido …”- Peque es un pueblo de unos doscientos habitantes de la comarca zamorana de la Carballeda. Cuando abandonas la autovía que enlaza Benavente con Vigo, en la salida de Rionegro del Puente, el asfalto se cuartea durante diez kilómetros infinitos atravesando bosques de castaños y pueblos donde no ha llegado ni la cobertura de móvil ni el urbanismo, a juzgar por las nuevas construcciones, piadosamente llamadas “segundas residencias”. Vengo a Peque siguiendo el olor a podrido de un cementerio a cielo abierto donde desde hace tres meses se acumulan más de cincuenta ovejas muertas e insepultas. Según las normas comunitarias, estatales y autonómicas la única manera de gestionar una res muerta es entregarla a un servicio de recogida que el ganadero ha de costear. Así lo ha venido haciendo Rafael Lobato, único ganadero de Peque. Y los camiones de la agencia TRAGSA, dependiente de la Junta, han accedido a su nave desde hace cinco años por un paso de servidumbre que Rafael, que fue alcalde por el PP en la anterior legislatura, amplió en su día sin que mediase oposición. Este paso atraviesa la finca de Agapito Lobato, actual alcalde en funciones desde que, a principios de octubre, Pilar Otero Lobato, alcaldesa electa (PP) y residente en Valladolid, delegó en él luego de que la Fiscalía abriese diligencias de investigación penal por presunta construcción irregular en Peque de su segunda residencia.
A finales de agosto, Agapito Lobato aró varios tramos del paso utilizado hasta entonces por el ganadero. El 17 de septiembre, Pilar Calvo, letrada de Rafael Lobato interpuso una denuncia ante el Juzgado de Puebla de Sanabria, que dictó un auto reconociendo la posible existencia de una infracción penal en el corte del acceso a la nave y dando traslado de los hechos a la consejería de Sanidad. La letrada envió escritos a las de Agricultura y Medioambiente e inició un contencioso-administrativo que se verá el próximo 21 de enero. A principios de noviembre el Ayuntamiento propuso otro paso, por el que es imposible el acceso de camiones.
Levedad institucional.- A partir de aquí comienza un peculiar comportamiento de las instituciones. Luego de un silencio de dos meses a los requerimientos de Rafael Lobato, el director del Servicio de Agricultura de la Junta, Isidro Tomás, se pronunció enviándole, el 5 de noviembre, una propuesta de sanción por mala gestión de los cadáveres. Pocos días más tarde se personaron en su finca dos veterinarios de la Junta, que, luego de levantar acta de que el camino propuesto por el Ayuntamiento no puede ser transitado por camión alguno, señalaron un tercer camino. Pero la alcaldesa se negó a autorizar el paso del camión de TRAGSA por ese lugar, y desde entonces las ovejas muertas siguen acumulándose sin que la Junta imponga al Consistorio su autoridad. Por otra parte, Rafael Lobato denunció en su momento la situación ante el SEPRONA que contestó denunciando a su vez al ganadero. En opinión del Teniente Espinosa, de la Comandancia de Zamora, Rafael trata de forzar la situación. “Es un hombre muy polémico”, dice. “Estamos hartos de todo esto. Ese hombre debería mostrar mejor voluntad”. Lo mismo opina José Antonio González, representante en Zamora de los Verdes de Europa y ganadero él mismo. “Todos los ganaderos acercamos las ovejas muertas hasta el camión; si es ilegal, lo hacemos todos; nos lo recomiendan y lo hacemos por buena voluntad”. Es lo que, según Rafael Lobato, le recomendó en su día Isidro Tomás que, sin embargo, no le autorizó por escrito. Es comprensible: La Ley prohíbe expresamente trasladar a los animales muertos en vehículos particulares, así como enterrarlos o dejarlos para pasto de alimañas. Lo que se entendería menos es que el director del Servicio de Agricultura hubiera recomendado lo contrario aunque fuera a título particular. Intenté hablar con Isidro Tomás para aclarar este extremo pero él me remitió al departamento de prensa de la Junta. No está autorizado a hablar del tema. También me remite al departamento de prensa la secretaria de Alberto de Castro, el delegado territorial en Zamora. Y el encargado de TRAGSA. La cautela crece a medida que el interlocutor se relaciona en mayor medida con la Junta de Castilla y León, lo que no sería grave si los diferentes departamentos de prensa estuvieran disponibles. Pero no lo están. Muy otra es la opinión de los sindicatos agrarios. Aurelio González, de la UPA, entiende que hay que llegar a un entendimiento entre la Diputación, el Ayuntamiento y la Junta. “Si el camino utilizado por Rafael no es el que debe utilizar, hay que hacer practicable el otro camino; y no es él quien debe costearlo”. José Manuel Soto, responsable de medioambiente de la COAG, piensa que es la Administración la que debe intervenir con carácter de urgencia. “Este es un asunto que procede de un enconamiento entre particulares desde hace mucho tiempo. Nosotros como organización, hacemos un llamamiento a la Junta para que se moje, acuda a Peque y dé solución a algo que de seguir así puede tener unas consecuencias muy poco deseables”. Dice también José Manuel Soto que los cargos públicos están para solucionar problemas, no para crearlos: “Todo esto se está magnificando, seguramente porque alguien tiene interés en ello. Es lo mismo que pasó con el cementerio nuclear.”
De posible cementerio nuclear a auténtico vertedero de ovejas.- Hace algo más de un año, Rafael Lobato, entonces alcalde por el PP, solicitó información acerca de las atractivas contraprestaciones ofrecidas por el Gobierno a los lugares que aceptasen ser la sede de un cementerio de residuos nucleares. Entonces declaró: “No hay carreteras, ni Internet ni cobertura de móvil. Somos un punto negro en las ayudas y en las subvenciones. Nadie se ha ocupado de nosotros hasta ahora”. Su gesto trajo consigo la inmediata formación de la Plataforma Antinuclear de Peque, propiciada por los veraneantes habituales. Rafael Lobato denunció amenazas de muerte por parte de sus vecinos en los mismos días en los que una enorme manifestación recorrió las calles del pueblo. El corresponsal que el New York Times envió a Peque, describió el lugar diciendo que tenía “más mulas que coches” en un intento de transmitir la imagen de una aldea anclada en el pasado. Todas las instituciones expresaron su rechazo al alcalde que, visto lo cual, renunció a la información solicitada antes de que se la dieran. Sin embargo, los mismos que hace un año se movilizaron, hoy brillan por su ausencia. La presencia de Ecologistas en Acción en Zamora es virtual, como reconoce Ramón Rodríguez, su responsable. Ángel Gamazo, encargado de la agrupación en Salamanca, desconoce por completo el problema. “El año pasado nos llamaron y nos movilizamos; pero en esta ocasión nadie nos ha llamado”. José Antonio González, de los Verdes de Europa: “El año pasado, en cuanto hablamos de un cementerio nuclear, conseguimos traer a cuarenta mil personas; pero para esto de las ovejas no encontramos ni a cien”.
“En este pueblo hay mucha violencia”.- Me encuentro con Rafael a la puerta de su nave, donde en una especie de redil mortuorio se maceran al aire los pellejos, los huesos y la carne corrupta de una masa indeterminada de ovejas. El olor, en oleadas, se pega a la piel, como el zumbido de las moscas que rondan y se demoran en el montón; aquí y allá se distinguen los ojos abiertos y fijos de algún cadáver. Le pido a Rafael que me enseñe el camino que le han cortado y nos dirigimos hacia el pueblo pasando al lado del depósito de agua; allí, me señala un hoyo como de un metro. “Lo hicieron unos vecinos para cortarme el agua”, me dice. Lo tiene denunciado. Llegó la Guardia Civil. Les explicó a los vecinos que así no se hacían las cosas, dice. Subiendo la cuesta viene hacia nosotros una mujer corpulenta, de unos cincuenta años. Lleva un azadón al hombro y le grita a Rafael: “¡Baja, si tienes cojones!” Es la mujer de Agapito, me dice Rafael, así que me acerco y le pido que me enseñe el camino propuesto por el Ayuntamiento. Es un antiguo camino de carro, mucho más estrecho de lo que un camión requeriría. Se lo hago notar, pero eso enciende de nuevo su furia “Tú eres periodista, ¿no? -me dice- Pues cuidado con grabarme que te busco y te encuentro. Y por la tierra de mi padre no pasa ese. Dile, dile que ahora voy a subir con la espigocha”. Vuelvo a la nave a cumplir el encargo. ¿Qué es una espigocha, Rafael?” “Un pico” “Pues va a volver con ella esa señora”. Rafael pone una sonrisa de circunstancias.
Más tarde hago un poco de antesala asomada al pequeño balcón del Ayuntamiento. En la calle, un cazador está bajando del coche perros y escopetas. La señora del azadón le está contando cómo amedrentó a Rafael y a la “periodista”. “Bien le ha estao”, responde el otro. Entonces, me ven. Me ha comentado un vecino de Sanabria que los de Peque siempre fueron muy especiales: “Los hombres eran de pequeña estatura, lo mismo es por eso el nombre del pueblo, pero iban a las ferias sacando pecho, con unas varas largas, largas… decíamos: ‘Mira, ahí vienen los de Peque…’” Hace un año, cuando lo del cementerio nuclear, la que esto escribe escuchó decir a una anciana que no pararía hasta bailar sobre la tumba de Rafael Lobato. Es una suerte que no lo escuchara el corresponsal del New York Times. “En este pueblo hay mucha violencia”, me dice el cazador antes de meterse en su casa.
Lobatos.- Los tres principales actores de esta singular historia comparten, en una sorprendente economía de medios, el apellido Lobato. Rafael Lobato, Agapito Lobato y Pilar Otero Lobato, dicen, sin embargo, que la común pertenencia a ese apellido-tótem es casual. Mejor así, porque entre ellos media suficiente historia como para amargar cualquier cena navideña. Pilar es la vicepresidenta de la Plataforma Antinuclear de Peque, que, en su comunicado de septiembre de 2006 calificó a Rafael como el “último eslabón de la cadena de la industria nuclear utilizado por ella como neutrón para bombardear el corazón de la comarca y el de todos sus vecinos”. Por esa época, Rafael denunció que Pilar estaba construyendo su vivienda en suelo rústico (en concreto, al borde de una de las lagunas que tiene el municipio). Por otra parte, Agapito ya intentó arar el camino utilizado por Rafael en mayo pasado, poco antes de las elecciones. Luego de un informe de la Diputación en la que esta dictaminaba que no podía cortarse un camino por obra de un particular, Agapito desistió. No obstante, pasadas las elecciones volvió a hacerlo. “El Ayuntamiento quiere paz”, dice Pilar Otero al recibirme con sus concejales. Sin embargo, lo primero que destaca en Peque es la virulencia contra Rafael. “¿Qué pasa con Rafael?”, pregunto. Y ellos se apresuran a decirme que es “muy malo”. Pido ejemplos de la maldad de Rafael, pero es en vano. “Imagínese si será malo -me dice al fin uno de ellos- que después que FENOSA puso unos postes él denunció que estaban mal puestos. Imagínese, corregir a FENOSA…”
La decadencia de Abel.- Despojando todo este asunto de visceralidades y de ajustes de cuentas, queda patente para el testigo desinteresado el desatino de las leyes que rigen la actividad ganadera. Aparte de la recogida obligatoria de animales muertos, a cargo del ganadero, los animales vivos sólo pueden transportarse en un vehículo previamente desinfectado y una vez satisfechas las cantidades que correspondan a la “guía” de los lugares por donde se ha de pasar para llegar al destino. Los animales, además, deben ser examinados por el veterinario. “Muchas veces hay prisa y no los miran, esa es la verdad; pagamos y nos dan el certificado”, me cuenta un ganadero recién jubilado. Además del número identificativo que cuelga de las orejas del ganado, es obligatoria la inserción de un chip que se introduce a los animales por la boca, con una pistola que, literalmente, se lo clava en el estómago. “Primero nos hacen ir a un cursillo para concienciarnos de tratar bien a los animales y luego, esto”. “Esto” va encaminado a identificar con auténtica minuciosidad de quién es cada oveja que se despiste o desaparezca. Si alguna de ellas se encuentra en el monte, muerta, se le impondrá al ganadero una multa. Sin embargo, por muy pendiente que esté un “buen pastor” de sus ovejas, siempre hay animales que se despistan, se despeñan o a los que el lobo ataca inadvertidamente. Por cada una de las defunciones, accidentes, enfermedades o compraventas hay que rellenar papeles y papeles que se llevan un tiempo precioso que hay que restar del campo o del ordeño. El lobo es capítulo aparte. Al ser especie protegida, los ganaderos tienen prohibidas las armas de fuego para defenderse de él, y han de ver, impotentes, cómo ataca sus ovejas, de las que únicamente recibirán una compensación económica si el lobo las ha matado y no se ha llevado, de paso, el chip, cosa que puede suceder, porque el lobo va a las vísceras, según me cuenta el ganadero jubilado. “Ahora en vez de un lobo con piel de oveja, se dirá: un lobo con chip de oveja”. A pesar del humor del que los pastores suelen hacer gala, el asunto es dramático: de la indemnización quedan excluidas las ovejas heridas que mueren con el paso de los días, las que malparen o las que se escapan (si estas últimas perecen de hambre en un lugar aislado vale más que no las encuentre un agente de la ley, porque denunciaría al ganadero). Es tan rígida la ley y tan absurda su aplicación que es inevitable preguntarse qué réditos proporcionan las ovejas muertas y recogidas. Y a quién.
Por otra parte, las mismas organizaciones conservacionistas que claman por proteger al lobo, también lo hacen porque no desaparezcan las rapaces, cosa que está sucediendo porque estas no encuentran, como antes, reses muertas para alimentarse de ellas. Esto hace que las carroñeras estén comenzando a lanzarse sobre las reses vivas, aumentando la zozobra de los pastores que no sólo han de temer al lobo sino a los buitres (también, por cierto, protegidos). “Total, que la única especie en peligro de extinción que no está protegida es la del pastor”, me dice mi informante. Y otro ganadero se pregunta, con sarcasmo, cuándo obligarán a los pastores, además de todo, a llevar cosida sobre su ropa una estrella amarilla. Esa es la idea que, en general tienen los ganaderos de esta comunidad: la de ser un oficio marginado.
Y en verdad, la política ganadera que se está siguiendo responde a un diseño elaborado en los despachos por personas a las que nadie ha enseñado ni a observar cuidadosamente el entorno ni a valorar la experiencia de los actores de la actividad que ellos regulan. La ignorancia de conocimientos tan esenciales como ignorados en las universidades, unida a la soberbia intelectual del que ejerce un poder de escalafón, está acabando con las pequeñas explotaciones ganaderas. Alguien saldrá ganando, sin duda. Pero no seremos nosotros, esa inmensa mayoría a expensas, ahora también en nuestra alimentación, de los intereses de unos pocos.
“Esto ya es una cabezonería o un capricho”.- Me cuenta Rafael Lobato que los veterinarios de la Junta (únicos funcionarios que han aparecido por allí en todo este tiempo) le dijeron, al marcharse: “esto ya es una cabezonería o un capricho del Ayuntamiento”. Basta acudir una sola mañana a Peque para darse cuenta de ello, por lo que si esa visita se hubiera producido en su momento, tal vez este conflicto, como otros tantos, no habría tenido lugar.
La letrada de Rafael, Pilar Calvo, piensa llegar con el asunto hasta Bruselas, lo que no es imposible dado que Peque está situado dentro del área de influencia del Parque Natural de Sanabria y pertenece a la Red Natura 2000. La pregunta es: ¿Podremos solucionar este asunto en nuestra Comunidad antes de que de nuevo tengan que abochornarnos desde Europa?